Las pocas figuras que deambulan por las calles sucias tienen un halo de perversión a estas horas, solas o en compañía más que caminar se arrastran hacia lugares oscuros para protegerse de la luz que vendrá. El frío que corta la cara no hace más que aumentar esta sensación haciendo imposible la existencia de cualquier emoción confortable. La oscuridad de la noche se vuelve grisácea y entre esos espectros solitarios me encuentro yo: como uno más, volviendo a casa después de una noche que se esperaba corta. Hacía horas que mi cabeza soñaba con la protección de las sábanas, el corazón hace semanas que permanece congelado despertando sólo para revolverse en momentos muy concretos.
El deterioro es tal que decido acortar por las callejuelas más lúgubres sin importarme nada más que dos sombras a las que llevo dos calles siguiendo. Antes de torcer por la calle que desembocará en mi casa una figura se acerca perpendicularmente, una figura extraña y dolorosamente reconocible. No tiene sentido -por la hora y el lugar- pero decido parar mi marcha y esperar, salir de dudas. Pasan pocos segundos y ya estamos demasiado cerca para no reconocernos y disimular lo contrario. En la calle nos vimos por primera vez, en la calle nos conocimos y en la calle me enamoró. Han pasado ya muchos meses desde entonces, nada es como antes. Ha pasado incluso el amor. Pero hay algo que se mantiene inmutable, una maldición que nos persigue hasta los rincones más insospechados, en las horas más intempestuosas: pase lo que pase no dejamos de tropezarnos, de encontrarnos sin buscarnos. Nos viene ocurriendo desde es el primer día y parece que ocurrirá hasta el último. O tal vez nos busquemos de forma inconsciente, quizá ambos tengamos cosas que contarnos todavía.
En mi interior conviven dos instintos que me torturan, uno que desearía abofetearle y otro que desearía besarle, no hay síntesis posible. Mi corazón resucita, sus latidos me impiden escuchar, pensar y hablar con claridad. Nos besamos con la misma sinceridad con la que Judas besó a Jesús de Nazaret. Cruzamos algunas palabras de cortesía, expreso mi descontento por haberle encontrado y acto seguido le invito –no hay síntesis posible- a tomar una cerveza en algún lugar donde todavía no hayan echado el cierre. No acepta, por supuesto, su odio o su orgullo se lo impiden. Caminamos de nuevo, nos acompañamos aunque permanecemos en soledad. Paramos en un lugar lógico donde despedirnos, pero la conversación nos impide separarnos así que seguimos caminando. Nos paramos en lo que será nuestro punto de despedida definitiva, un lugar en el que en otras ocasionas ya nos despedimos. Y continuamos hablando, verdades de beodos más cortantes que el aire frío que nos envuelve. Pasa una hora pero podrían haber pasado cinco o ninguna, el tiempo y la distancia han dejado de existir. Tengo que esforzarme para contener las lágrimas, ¿de qué le sirve a un hombre salvar el mundo si es incapaz de salvar su alma? Le observo, me detengo en cada detalle y procuro escucharle con atención. Parece más delgado pero sigue igual, en realidad nada ha cambiado. O quizás ya nada siga igual. Los dos nos percibimos derrotados: los dos lo sabemos de nosotros y del otro. Lo noto en sus palabras, en su mirada, en el muro que intenta construir…
Es tarde, yo me hubiese quedado allí para siempre, imperturbable a las inclemencias del tiempo, la gente que pasaba y el tiempo que siempre acecha. Creo, que de alguna forma, todavía le quiero. Pero es tarde y nuestras camas, que una vez estuvieron calientes bajo nuestros cuerpos abrazados, nos esperan. Llego a casa sin saber cómo y durante toda la noche me despierto una y otra vez recordando que le encontré a las 5 y media.